
FABQUA VIVA
Una tradición ancestral como bebida sagrada, donde la sabiduría de generaciones pasadas se comparte y honra en cada ritual.
Por: Daniela Rey Herrera
El eco del salón los envuelve como un murmullo antiguo, mientras la voz desgastada de la abuela mayor los transporta a tiempos remotos, cuando la chicha no era solo una bebida, sino un puente sagrado entre los hombres y los dioses. En el resguardo, cada palabra lleva el peso de la historia, cada aroma que brota de los alimentos ancestrales parece susurrar secretos de un pasado vibrante, y cada mirada refleja la lucha silenciosa por preservar un legado milenario, Pero en medio de esta conexión profunda con sus raíces, también. tarde una verdad dolorosa, han tenido que adaptarse a un mundo moderno que, históricamente, los ha despojado y señalado, sin comprender que en su resistencia reside la riqueza de una cultura invaluable.
Muisca es gente, y así hacen sentir a todo aquel que pisa su territorio. En Sesquilé, municipio de Cundinamarca, un pueblo ancestral se esfuerza por conservar sus raíces y cultura, incluso en estos tiempos. Se trata del Resguardo Indígena Mhuysqa Chuta Fa Aba, también conocido como 'Los hijos del maíz'.
Cuando llegamos al parque donde Jhon Rojas, guía turística ancestral, nos había citado, el lugar estaba lleno de personas reunidas para participar en juegos tradicionales muiscas como actividad recreativa. Esta es su manera de recordar su cultura y rescatar lo que sus ancestros les dejaron como herencia.
Saber sobre la chicha es, en muchos casos, un conocimiento difuso. La mayoría solo identifica las versiones que se venden en el centro de Bogotá, sin adentrarse en su verdadero origen ni en el significado místico que encierra esta bebida fermentada.

—En lengua muisca no se dice chicha, sino fapqua —explica Rafael Ernesto Mamanche, un líder indígena del resguardo, interesado en nuestra conversación sobre la mal llamada chicha—. Realmente, lo que se denomina 'chicha' es la reacción del organismo al consumir fapqua, es decir, diarrea.
El nombre surgió como una burla del pueblo muisca hacia los españoles. Cuando estos se enfermaban tras beber fapqua, los indígenas decían que 'tenían chicha', y los colonos, ignorantes del verdadero significado, adoptaron esa palabra como el nombre oficial de la bebida tradicional de maíz.
Antiguamente, se cuenta que los abuelos no tomaban fapqua para emborracharse, sino para nutrirse y reconectarse con sus raíces, pues esta bebida, hecha a base de maíz, simboliza un pilar esencial en su cultura. Según las leyendas indígenas, el maíz salvó a la humanidad de su exterminio, lo que le otorgó un carácter sagrado.
La fapqua, en su mayoría, era empleada en ofrendas. Se llevaba a sitios especiales, donde se dejaban pequeñas ollas con este líquido para que el sol, la luna, las estrellas, los mohanes y demás entes espirituales descendieran a tomar lo que el ser humano les brindaba como muestra de gratitud, un cambio de la protección y el bienestar de la comunidad.

Hoy en día, en el resguardo, estos rituales siguen vivos y son motivo de reunión en la casa de la Abuela Mayor, la abuela de todos. Su nombre es Rosa María González de Mamanche oriunda de Charalá, Santander. Cuando se le pregunta cómo llegó a Sesquilé, su respuesta es sencilla y enigmática: —Cosas del destino.
Rosa María se convirtió en Abuela Mayor por consenso comunitario, gracias a su sabiduría y al hecho de haber dado a luz al médico tradicional Carlos Mamanche. Su profundo conocimiento en múltiples áreas, combinado con su generosidad para compartirlo, le ha ganado el respeto y admiración de su comunidad. A sus 84 años, su vitalidad desafía al tiempo, aunque, con una sonrisa traviesa, admite que no le importaría rebajarse unos cuantos años si se lo preguntan.
─Tengo 74.
─84 abuela. Así son las mujeres, así son─ la regañan entre risas al escuchar tal confesión.
Todos han aprendido a preparar la receta tradicional, ya que la abuela, debido a su avanzada edad y estado de salud, no puede cocinarla con la misma frecuencia. Sin embargo, Rosa María nunca se guarda su conocimiento, y mucho menos cuando se trata de la fapqua.
Además. se dice que esta bebida tiene un espíritu femenino, pues es preparada e intencionada por mujeres, quienes, a través de sus manos, transmiten un mensaje de cuidado y conexión hacia su comunidad.


Al momento de probar la fapqua, se realiza un ritual especial. Primero, se debe intencionar la bebida, pero no con un propósito personal, sino comunal, pues esta tradición busca reforzar la unión entre los presentes. Por ello, todos beben de una misma totuma grande, símbolo de compartir y colectividad.
Esta chicha se prepara únicamente con maíz, agua y miel, y su sabor varía según el grado de fermentación. Sin embargo, también cambia dependiendo de cómo se consume. No debe beberse de inmediato; se toma un pequeño sorbo, que debe almacenarse debajo de la lengua. Allí, la saliva realiza una mezcla química alcalina con el fermento, transformando su sabor de avinagrado en ligeramente dulce. Solo entonces se traga el sorbo, y con el paladar 'preparado', se puede disfrutar del resto de la bebida.
A este proceso se le llama 'bebida consciente', una práctica que invita a redescubrir el tiempo y la intención en el acto de consumir, algo que en la actualidad se ha perdido entre la rapidez y el desdén por saborear los alimentos que nos nutren cada día.

─Y no es lo mismo tomarse una chicha en el chorro de Quevedo, a venir, sentarse y tomarse una chicha en el cuzco y en una ceremonia─. Para ellos es medicina, no es un producto que se comercialice, inclusive, no lo consumen a modo de ceremonia todo el tiempo, sino cada que hay solsticio o equinoccio. Su última celebración fue el 21 de junio y la próxima será en diciembre nuevamente.
Ellos tienen claro que lo que se ha hecho con la chicha como tradición es una corrupción absoluta. Desde la llegada de la colonización —la invasión, como la llaman ellos—, muchas de sus costumbres y legados fueron distorsionados, hasta el punto de hacerles sentir vergüenza por su propio alimento. Están convencidos de que si se le pregunta a un vendedor de chicha en Bogotá, siempre se desviarán de la verdadera historia. De hecho, algunos tienen la decencia de afirmar que es una herencia de los ancestros, mientras que. otros, de manera peyorativa, afirman que 'la dejaron los indios'
Es por eso que preparar fapqua en la actualidad es todo un arte. Desde el momento en que se siembra el maíz, se aprende a cosecharlo, a cuidarlo, luego a molerlo, prepararlo y finalmente, cocinarlo. Comprar simplemente la harina en un supermercado de cadena ya significa perder un poco de lo tradicional y lo aprendido —La educación comienza desde el momento en que usted aprende a alistar la tierra, siembra el maíz y lo cosecha—, explica uno de los sabios del resguardo.
Ellos no piensan en el futuro, pues el futuro es incierto. No se preocupan por lo que será mañana, ni si la receta ancestral llegará a perderse. En su caso, desearían que la gente volviera a tomar fapqua en lugar de cerveza, pero eso es solo un sueño. Tristemente, no pueden controlar lo que les depara el futuro a largo plazo en su comunidad.
Al momento de irnos, la hospitalidad no pasa desapercibida. Nos invitan a quedarnos un poco más, incluso a participar en los juegos ancestrales. No cabe duda de que enseñar y compartir su conocimiento les llena de vida y orgullo. Siempre esperan que todo lo que han recibido de sus ancestros sea recordado y valorado por generaciones como la nuestra. Nos dicen que somos una 'guevas', lo que significa que somos aprendices de nuevos conocimientos y estamos abiertos a cualquier enseñanza nueva.

─ Todos hacemos parte de una gran mazorca, de un gran maíz. Cada granito es un rostro, una cara, una persona. Por eso muisca es gente, porque todos somos gente y todos hacemos parte de un de una mazorca, roja, amarilla, blanca, azul, rosado, morada, todo los colores porque cada uno hacemos parte de una nación.
Y sí, todos hacemos parte de la misma mazorca, de la misma ascendencia a la que muchos le huyen, o la niegan por la ignorancia en la que viven. Nos conectamos con una historia común, con raíces profundas que, aunque muchos prefieren ignorar o rechazar, siguen siendo parte de quienes somos. A veces, el miedo al conocimiento ancestral nos aleja de lo que realmente nos definen como seres humanos, pero al final, todos compartimos ese lazo inquebrantable con la tierra y las tradiciones que nos han formado.