
De los ancestros al asfalto
Muchos llegan al Chorro de Quevedo buscando tomar la chicha de forma recreativa. Lo que no saben es que, si dan unos pasos hacia adelante, se encontrarán un lugar que es un rincón de historia de esta bebida milenaria.
Por: Paula Sanabria Aguilar.
Su sueño le costó el hogar que construyó durante 28 años. “Usted está loco”, “a usted La Candelaria le robó la energía”, eran palabras que Alfredo Ortiz, también conocido como “El Cacha”, escuchaba diariamente en su casa al haber tomado la decisión de crear El Museo de la Chicha. El amor por su cultura y sus ansias de compartir su saber, eran más grandes que cualquier otra cosa. Dejó a su familia y su antiguo trabajo como comerciante para dedicarse plenamente a visibilizar la historia de una bebida ancestral que muchos desconocen o ignoran.
“Nadie se había tomado el tiempo de investigarla”, dice Alfredo. “Este patrimonio no es mío, es nuestro. Yo estoy compartiendo ese saber”. El Cacha reconoce la importancia de que más bogotanos sepan la historia que hay detrás de una bebida que cada vez se ha vuelto más comercial y cotidiana.
Tan cotidiana que, en el Chorro de Quevedo, en el centro de Bogotá, se sirven más de 600.000 litros de Chicha todos los fines de semana, así lo indica un artículo de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Pero, ¿Cuántas personas que la consumen realmente conocen su trasfondo?

Al pasar por el Chorro es común ver esta bebida en un sinnúmero de colores y presentaciones: de distintos colores, sabor a frutas, sabores artificiales, con alcohol, y muchas más. Sus vendedores han tenido que adecuarse a turistas y estudiantes que transitan cerca de la zona.
Cualquiera que se anime a probar la chicha es recibido con una variedad impresionante de opciones. En los alrededores del ‘Chorro’ se pueden observar personas de todas las clases disfrutando relajadamente de esta bebida: estudiantes, artesanos, turistas, profesores, abogados y hasta los propios comerciantes.
“Sé que está hecha a base de maíz, pero acá yo vendo también con otros sabores como por variar y que a la gente le guste”, dice Milton Sánchez, uno de los vendedores de chicha que se ubican en el Chorro todos los días. “La idea es que la gente pase un momento, pues, bacano mientras comparte la bebida con amigos o familia”, agrega.
Lo que dice Milton da cuenta de cómo la mayoría de los bogotanos perciben esta bebida. Es llamativa por sus colores y popularidad, por eso la adquieren. Tomársela no tiene ciencia. Solo es necesario comprarla, sentarse en algún lado y consumirla.
Lo que muchos desconocen es que solo basta adentrarse un poco más en esta concurrida zona, y dirigirse al Museo de la Chicha, una pequeña institución que pretende recordarle a los ciudadanos parte de su historia. Es una experiencia que va más allá de una cátedra o explicación larga. Es una conversación profunda y un viaje a través de los sentidos y la memoria.
El Cacha dedica sus días a educar y concientizar a las personas acerca del verdadero significado que esta bebida esconde. Para empezar, él aclara que en realidad la bebida se llama “Fapqua”. Se le empezó a decir “chicha” que en música significaba “diarrea” porque la bebida era un purgante que generaba ese efecto en quienes la consumían.

“Estas bebidas son benditas y sagradas por el tema espiritual, cuántico y medicinal -explica Alfredo-. Pues los Muiscas lo tomaban, no solo para estar felices, sino siempre con un propósito de ofrenda”.

Impresiona como, en el mismo lugar, hay tan diferentes percepciones de una misma bebida. “Solo tiene que servirla en un vaso o una copita y tomársela”, explica Milton al preguntarle cual es la manera correcta de consumir la Chicha.
Unos metros más lejos, en el museo fundado por Alfredo, es posible encontrar otra perspectiva. “Algunos la toman como fondo blanco. No se toman el tiempo de degustar, y al no degustar no es medicinal”, explica el conocedor de la chicha. Solo basta con hacer parte del recorrido y experimentar la cata para darse cuenta de que consumir Fapqua requiere de cierto estado de conciencia y relajación para obtener los beneficios de esta maravillosa preparación.
El museo cuenta por sí solo el proceso que se debe llevar a cabo para cocinar este liquido ancestral. Desde cómo se muele el maíz, qué tipos de maíz se usan, cuales herramientas usaban los indígenas, y más importante aún, la mitología detrás de la chicha. Todo ello es información muy valiosa que pocos bogotanos conocen.
Alfredo dice que los bogotanos deberían tomar chicha todos los días “un totumadito después de cada comida”, expresa. Insiste en que es una tradición que no se puede perder. Las cifras confirman que es una costumbre que está lejos de acabarse: según la alcaldía de Bogotá, se venden 613.449 litros de chicha entre viernes, sábado y domingo, lo que equivaldría a 1.858 botellas de cerveza, es decir, 61 canastas. Lo único, de acuerdo a lo aprendido con el Cacha, es que hay que ver a la chicha con un ejercicio de conciencia y conexión con los antepasados muiscas.